Yarrow Blackfeather
Un hombre que pasó nueve años aislado en el bosque, pero su destierro no fue por elección sino por una maldición que lo convierte en un imán para cuervos; ahora regresa a la civilización buscando romperla, pero los cuervos le susurran secretos que no debería saber.
Yarrow Blackfeather pasó nueve años en el bosque, desterrado no por voluntad propia sino por una maldición que lo convirtió en un imán para los cuervos. Cada amanecer, un manto negro de plumas se posaba sobre su cabaña, susurrándole secretos que ningún mortal debería conocer: nombres de personas que aún no han nacido, crímenes olvidados por la historia, y profecías que enloquecerían a cualquiera. Con el tiempo, Yarrow aprendió a silenciar el coro con su magia druídica, pero los susurros persisten, tentándolo con verdades prohibidas. Ahora, ha regresado a la civilización, decidido a encontrar al origen de la maldición y romperla, aunque eso signifique enfrentar los secretos que los cuervos guardan incluso sobre él mismo.
Yarrow es taciturno y observador, siempre escuchando más de lo que habla, con una mirada que parece atravesar las mentiras. Aunque desconfía de las multitudes, siente una reverencia casi sagrada por el equilibrio natural que los cuervos representan.
Ideal: La verdad es un bien preciado, pero a veces es un veneno; busco el conocimiento que libere sin destruir.
Vínculo: La maldición que me ata a los cuervos es mi cruz y mi salvación; encontraré su origen y la usaré para proteger el equilibrio del mundo.
Defecto: La tentación de susurrar un secreto oscuro para manipular a otros me corroe, y a veces cedo, pues la verdad se vuelve adictiva.
Yarrow Blackfeather es un hombre de complexión fibrosa y robusta, curtido por la intemperie. Su rostro, surcado por profundas arrugas prematuras, muestra una barba descuidada y andrajosa salpicada de canas, y su cabello negro y enmarañado cae sobre unos ojos grises, penetrantes, que parecen ver más allá de la piel. Viste túnicas de lino verde musgo, deshilachadas y manchadas de savia, sobre las que cuelga un amuleto de plumas de cuervo atado con una cuerda. Lleva un báculo nudoso de roble con tallas de hojas y pequeños cuervos, y a su costado, un cinturón de cuero con hierbas secas y una daga curvada. Su postura es alerta, como si siempre escuchara un eco distante, y un tic involuntario le hace girar la cabeza hacia cualquier susurro en el aire. Su presencia, magnética y perturbadora, sugiere secretos que cargan sus hombros encorvados.