Ithilwen Lamento del Arroyuelo
Una druida que juró proteger un bosque sagrado, pero que al llegar la sequía descubrió que la fuente de agua del bosque está siendo drenada por un antiguo acueducto construido por una ciudad cercana. Debe decidir si romper su juramento de no interferir en los asuntos de los mortales o dejar que el…
Ithilwen Lamento del Arroyuelo nació en el corazón del Bosque Susurrante, un lugar sagrado donde cada hoja y cada río son parte de un antiguo pacto druídico. Desde joven, fue entrenado para ser su custodio, jurando proteger su equilibrio con su vida. Cuando una sequía implacable comenzó a marchitar los árboles, descubrió la causa: un acueducto construido por la cercana ciudad de Vallebruma drenaba el manantial sagrado para abastecer sus fuentes y molinos. Atrapado entre su juramento de no interferir en los asuntos de los mortales y su deber de salvar su hogar, Ithilwen ha decidido viajar a la ciudad, buscando respuestas o aliados que le permitan desviar el curso del agua sin romper su voto por completo.
Ithilwen es melancólico pero resoluto, con una serenidad que oculta la tormenta interna de su dilema. Habla poco, pero sus palabras, cuando llegan, son como el murmullo del arroyo: claras y profundas.
Ideal: Armonía: La vida debe fluir como el agua, en equilibrio con todas las criaturas, sin que ninguna imponga su voluntad sobre las demás.
Vínculo: El Bosque Susurrante y su manantial sagrado son mi alma; su destino está ligado al mío, y no puedo abandonarlos.
Defecto: Dudo demasiado cuando debo elegir entre el bien común y mi juramento, lo que hace que pierda oportunidades de actuar con decisión.
Ithilwen es un elfo de complexión esbelta pero firme, con una postura que refleja su conexión con la naturaleza: los hombros relajados y el peso del cuerpo siempre desplazado hacia la izquierda, como si escuchara algo en el suelo. Su rostro alargado, de piel clara con suaves vetas de musgo en las mejillas, está enmarcado por un cabello verde castaño, largo y trenzado con hilos de lana y semillas. Sus ojos, de un tono ámbar profundo, miran con una tristeza serena que se transforma en chispa al hablar del agua. Viste túnicas de lino verde y cuero marrón, con un cinturón de corteza, y cuelgan de él un cayado de roble con hojas petrificadas y un frasco de agua del manantial en el cinto. Sus dedos, manchados de tierra, acarician constantemente una bolsita de hierbas secas, su último vínculo con el bosque que dejó atrás.